Héroes que no son estatuas

El legado ético y estético, de nobleza, sencillez y austeridad, alejado de egoísmos y personalismos, de compromiso con un sendero de dignidad y felicidad, que instalaron quienes dieron su vida en esa quieta calle de un barrio popular, sin renunciar un segundo, ni un milímetro, a desarrollar y fortalecer su partido y aspirar a la justicia y la libertad de cada hija e hijo de este territorio, prevalece vivo. Lo hicieron en crudas condiciones, corriendo los más altos riesgos.

Hugo Guzmán Rambaldi. Periodista. Santiago. 05/05/2021. “A los héroes, compañeros, a los héroes del pueblo, no se les puede separar del pueblo, no se les puede convertir en estatuas, en algo que está fuera de la vida de ese pueblo para el cual la dieron. El héroe popular debe ser una cosa viva y presente en cada momento de la historia de un pueblo”.

Esas palabras de Ernesto Guevara resuenan armoniosas y tajantes cuando esta semana de mayo de 2021 va la mirada hacia esas/esos patriotas, comunistas, que consagraron un compromiso de vida convirtiéndose en héroes de este pueblo/país al caer detenidos y luego ser torturados, ejecutados y hechos desaparecer en un operativo de la Dina en mayo de 1976, destinado a desarticular/aniquilar a la dirección clandestina y unidades de trabajo del Partido Comunista.

Fue un grupo de hombres/mujeres que no se puede convertir en estatuas. Ni quedar sus nombres estáticos en una lápida, aunque hermosa. Deben permanecer en la vida de este pueblo y, sobre todo, en la vida de las/los comunistas. Deben, como lo señaló Guevara, “ser una cosa viva”.

Cuando este día llegó un pequeño grupo de militantes hasta las puertas de esa casa en ese modesto barrio de Estación Central, a recordar/homenajear a los héroes de calle Conferencia, hicieron permanecer/perdurar a esos héroes, esos militantes de la vida.

Y es que Mario Zamorano, Jorge Muñoz, Uldarico Donaire, Víctor Díaz, Fernando Ortíz, Jaime Donato, Elisa Escobar, Lenin Díaz Silva, Eliana Espinoza Fernández, y otras/otros caídos, no son estatuas, sino ejemplos vivos/elocuentes.

Es absolutamente cierto que desarrollaban riesgosas tareas en las más crudas condiciones en un país asolado por una dictadura con aparatos represivos brutales y capaces de cometer crímenes horrendos y lacerar las vidas hasta lo inimaginable.

Había que tener un estado de conciencia muy profundo. Un sentido de compromiso robusto. Una mística y un sentimiento hondo. Una convicción firme. Un convencimiento no solo ideológico/político, sino también humano. Elementos propios de una militancia verdadera y sincera. No pasajera o interesada.

Sin embargo, hay también en la trayectoria, la vida y el recuerdo de ellas y ellos factores que tienen que ver con la ética y la estética.

La asimilación de una moral, de unos valores, que se convierten en el impermeable a falsificaciones y distorsiones; la asimilación a formas de actuar que van más allá de una belleza humana, y que tienen que ver con tonos y texturas humanitarias, modestas, austeras, desinteresadas, desprovistas de ambiciones personales, de protagonismos, de narcisismos.

Quienes cumplían esas peligrosas misiones siendo dirigentes y militantes del Partido Comunista -la mayoría provenía de las Juventudes Comunistas- llevaban una vida, una cotidianidad, una convivencia. Ninguno aspiraba a un cargo, peleaba por una candidatura, forcejeaba por una aparición, ambicionaba una posición, pensaba en un ascenso. Tenían un profundo sentido del colectivo, del equipo, de disposición, del relacionamiento humano.

Simplemente, por consciencia, por convicción, pero también por ética y estética, se dedicaron a ser militantes comunistas, a desarrollar las tareas sin esperar nada a cambio, a encarar los temores y el miedo y, si llegaba una tarea, asumirla. Así conocieron la muerte. Sufrieron el horror. Hasta ese instante, en el último suspiro, fueron eso, comunistas y enormes seres humanos. Probablemente por convicción y sentimiento, que dan las ideas, los proyectos justos, la ética y la estética que más que aprender en libros, se asimila en la vida militante.

Parafraseando a Fidel Castro cuando define el concepto de Revolución, ser militante de la revolución, “es defender valores en los que se cree al precio de cualquier sacrificio; es modestia, desinterés, altruismo, solidaridad y heroísmo; es luchar con audacia, inteligencia y realismo; es no mentir jamás ni violar principios éticos…”

Que bella síntesis válida para Mario, Jorge, Uldarico, Víctor, Elisa, Eliana, Fernando, Jaime, Lenin, y muchas/muchos otros.

Conceptos/situaciones que seguramente están por encima de las contingencias y batallas propias de los procesos sociales, políticos y transformadores de tiempos contemporáneos.

Porque lo que no convierte en estatuas a esos patriotas y comunistas, es que sus ejemplos de militancia y vida está vigentes en tanto sus ideas y sus conductas son/debieran ser parte sustancial de quienes hoy están, en otras condiciones, en la batalla porque haya dignidad, felicidad, protección, abrigo, alimento, vivienda, educación, salud, recreación, cultura, territorio, equidad, para las hijas e hijos de esta larga franja de tierra poblada por trabajadoras y trabajadores, niñas y niños, jóvenes, adultos, que fue a lo que aspiraban aquellas/aquellos que llegaban a la casa de Conferencia, y a otras casas, a organizar, planificar, analizar, movilizar, resistir.

El Presidente Salvador Allende aseveró que “yo no tengo pasta de apóstol ni de mesías. No tengo condiciones de mártir, soy un luchador social que cumple una tarea que el pueblo me ha dado. Pero que lo entiendan aquellos que quieren retrotraer la historia y desconocer la voluntad mayoritaria de Chile; sin tener carne de mártir, no daré un paso atrás”.

Un legado que genuina y coherentemente siguieron esas/esos militantes comunistas que cayeron para convertirse en héroes y referente reales. No dieron un solo paso atrás. Tampoco, de seguro, se consideraron apóstoles o mártires. Simplemente cumplieron su tarea.

También, quienes lograron sortear la represión, que fueron quienes sostuvieron, desarrollaron y fortalecieron a su partido, que sobrevivieron, hombres/mujeres que fueron parte de esas luchas heroicas, decidoras, valientes y enaltecedoras. Pero sobre todo, que permitieron la permanencia de su partido y los triunfos populares. Y que muchas/muchos de ellos permanecen en el anonimato.

Tampoco hoy dan un paso atrás quienes con sencillez, sin ambiciones, con honestidad, con convicción, anónimamente, desde las filas de las Juventudes Comunistas y del Partido Comunista hacen trabajo en la base social, en los territorios, en los sindicatos, en las universidades, en el campo, en los derechos humanos, en los movimientos feministas y culturales, en sus entornos, convirtiéndose en el basamento sustancial de su organización.

Seguramente familiares y camaradas de las/los héroes de calle Conferencia -sobre todo de aquellos años- llevan íntimamente el recuerdo, la imagen, las vivencia de esos hombres y mujeres tan nobles que bregaron por un sendero abierto y justo donde niñas y niños, jóvenes, adultos, puedan transitar serenos, felices, sin temores. Ellos y ellas, de calle Conferencia, para eso, encararon los temores pero, sobre todo, vivieron y pelearon.

Seguro que la mantención de valores y de idearios permitirá que la figura, los rostros, las luchas y trabajos, el ejemplo de quienes cayeron en calle Conferencia, no se esfumará en la historia del pueblo chileno y menos en las batallas venideras del Partido Comunista y la Jota.

Recordarlas/recordarlos aunque sea íntimamente, sensiblemente, modestamente, como se recuerda a todas y todos los que dieron su vida en la lucha antidictatorial, sin convertirlas/convertirlos en estatuas, sino en ejemplo vivo para continuar lo que ellos forjaron, en referentes vivos en sus convicciones y sus valores, puede ser parte esencial para el desarrollo de militantes de hoy y de mañana.

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