11/S. El legado ético de Salvador Allende

Fue un protagonista de la historia, buscó representar leal y resueltamente al pueblo, pero jamás cayó en posturas individualistas, mezquinas, soberbias, interesadas y menos buscando provecho propio o enaltecimiento personalista. Nunca engañó ni mintió a su pueblo, no hubo ningún acto irregular o corrupto, no buscó beneficios para su familia o amigos, y menos dejó de encarar errores y problemas.

Hugo Guzmán. Periodista. Santiago. 10/09/2021. Para los tiempos que corren, y a 48 años de su muerte en el combate en La Moneda, Salvador Allende Gossens representa un legado ético que podría/debería estar asimilado en las prácticas de luchas políticas y sociales actuales, sobre todo en el campo popular y sectores transformadores.

El Compañero Presidente, como él pidió siempre que se le llamara, fue un hombre profundamente humano, leal, decente, honrado, sincero, transparente, veraz, fiel a su pensamiento y a los lineamientos de las políticas sociales y de cambio.

En difíciles circunstancias, asediado, presionado, viviendo momentos personales y políticos complejos, frente a tensas e inmensas tareas y objetivos, asumiendo errores de su propio sector, Allende actúo con templanza, con la verdad, con tenacidad, inteligencia, madurez, combinando con audacia y resolución.

Se le vio actuando así en situaciones disímiles, como cuando fue a dialogar con universitarios a la Universidad Técnica del Estado, con pobladores de Lo Hermida cuando fue muerto un poblador por la acción de la policía, cuando promovió la nacionalización del cobre o tuvo que conversar con fuerzas opositoras, cuando entró a debates por el rumbo del proceso que él lideraba.

Fue un protagonista de la historia, buscó representar leal y resueltamente al pueblo, pero jamás cayó en posturas individualistas, mezquinas, soberbias, interesadas y menos buscando provecho propio o enaltecimiento personalista. Nunca engañó ni mintió a su pueblo, no hubo ningún acto irregular o corrupto, no buscó beneficios para su familia o amigos, y menos dejó de encarar errores y problemas. Menos recurrió a victimizarse o dejar de reconocer errores y dificultades. Era una ética y una estética de la práctica política.

Los datos biográficos serios, los relatos y antecedentes, dan cuenta de situaciones en que Salvador Allende pudo cometer equivocaciones y desaciertos, propio de una persona dedicada toda su vida a luchas vertiginosas y complejas, donde un ser humano está cruzado por diversidad de factores. Pero jamás abandonó valores que definen el carácter de un luchador social, de un militante de izquierda, de una persona honesta.

La trayectoria de Allende está plagada de acciones y de idearios en la promoción de una sociedad justa y equitativa, anteponiendo siempre los más sagrados derechos del pueblo, de sus trabajadores, jóvenes, mujeres, niños y niñas, ancianos, pobladores, indígenas y campesinos, alentando la soberanía del país.

Junto a eso, su legado ético, que puede ser un ejemplo preciso para las nuevas generaciones, sobre todo para aquellas y aquellos que se comprometen en la lucha social, transformadora y humanitaria, y reafirmación de quienes llevan décadas en los caminos de las luchas populares.

Un legado allendista en la premisa martiana de que “yo no trabajo por mi fama, puesto que toda la del mundo cabe en un grano de maíz”.

Son, en definitiva, las formas y fondos en que está construido el recuerdo y el quehacer de Salvador Allende, que en base a esa ética, no traicionó, no escabulló su responsabilidad, y supo asumir con consecuencia y lealtad el compromiso adquirido, en esa batalla de La Moneda el martes 11 de septiembre de 1973.

 

 

 

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